Un festival urbano siempre está desprovisto de la esencia-camping, esa con la que nacieron los festivales de música. A la mente nos vienen los Woodstock, los Glastonbury y los FIB. Pero el mérito que se lleva el Low Cost Festival, tras dos días de música y siendo de corte urbano con el handicap antes mencionado, hay que destacarlo. Cuestión de preferencias, claro. Anoche se cerraron 48 horas de sonidos, la mayoría de factura nacional, en el parque de L’Aigüera de Benidorm, un recinto incómodo en cuanto a su forma (alargado y los escenarios distanciados por lo que los desplazamientos pueden ser eternos en las horas de madrugada) pero que guarda unas bellas postales en unos escenario donde el público puede ver a su artista favorito gracias a la configuración aforo-teatro (además de la plaza de toros).
A Lori Meyers todavía les pica en el tono del que han hablado las críticas de su último disco, Cuando El Destino Nos Alcance. Nos contaron en la entrevista del número 11 que se habían soltado y habían eliminado prejuicios con Sebastián Krys, eminente productor de artistas mainstream, pero los granadinos dejaron el regalo ayer sobre el ‘Escenario Budweiser con un “bueno, vamos a tocar ahora eso del nuevo disco de lo que tanto se habla”. Antes vinieron clásicos de, sobre todo, los dos primeros álbums, Viaje de Estudios y Hostal Pimodán, aquellos que les hicieron ser el paradigma del nuevo indie nacional. Bonita imagen la de ver más de 10.000 personas detrás de una banda española como estos humildes chavales, porque el concierto de Placebo que venía a continuación era un hecho que estuviera a reventar. Como ya dijimos, mucha gente solo compró entrada para el sábado por los británicos.
Corriendo a Ivan Ferreiro, y no pega mucho ya por estos lares alternativos el gallego. Reunió una masa femenina numerosa que tomó el mando del concierto con el esencial Turnedo para casi rematar una faena de notable a sobresaliente, poniéndose a la altura de Planetas el día anterior. Curioso que los más veteranos se dejaron más la piel sobre las tablas que otros más jóvenes. Aunque, al que nunca se le puede discutir que se desgarre el alma ante la gente es a Adam Green. El que avisa no es traidor. Era la recomendación nº1 del festival si se quería disfrutar de una serie de imágenes deliciosamente grotescas para la retina. Berrear, saltar al público, fuera camiseta, saltar al público de nuevo; al neoyorquino le encanta dar la impresión que tiene un estado de embriaguez desmesurado (¿o realmente es así?) con unas canciones tan simples como hablar del suicidio sin tapujos. Es un poeta que en su madurez será comparado con los mejores letristas de esta profesión.





