No puedes tener una revolución sin canciones, lo dijo Salvador Allende. Pero si no hay revoluciones, ¿cómo van a brotar las canciones-protesta? Si Joe Strummer levantara la cabeza se comería una cámara de la BBC.

Han desaparecido las canciones-protesta hechas himnos como 'Give Peace A Chance'

Es el obituario de la canción-protesta en un Occidente de democracias agotadas que, pese a su superioridad en desarrollo, tienen mucho que mirar al mundo árabe de cómo se puede provocar una revolución democrática en cuestión de días, sin necesidad de intervenciones militares divinas para meter con calzador la libertad (pies que llevan sin encajar en un zapato diez años y en otro ocho). Una mirada obligada a las revoluciones árabes en el sentido ideológico desembocaría en un enriquecimiento paulatino de una juventud amorfinada por el adoctrinamiento de la industria cultural. Los jóvenes del mundo árabe, sirviéndose de la nueva era social, a través de Facebook y Twitter, están levantando los cimientos de su futuro; en el hemisferio occidental tenemos nuetras pelotas bien sentadas observando con embobamiento como destruyen el nuestro. Occidente está agotado sí, no somos el jodido centro del universo ideológico porque creamos que somos el primer mundo. Así hemos salido esta generación, no anémica del sentido de la protesta (no es todo revolución) sino anémica de creernos nosotros mismos que tenemos voz.

Las canciones de hoy se miran al ombligo ahogadas en cinismo, seña de la comodidad de conciencia en la que hemos sido vacunados y del sentido de la revolución que se nos ha guillotinado

La juventud es la referencia de una sociedad y algún eslabón en nuestra cadena educacional nos hemos perdido para que nuestra lengua esté ahogada en la laringe (o en el culo, según se vea), consecuentemente, la música está impotente de crear rebelión, es más, las intenciones son nulas. Letras aupadas al supremo “ombliguismo”, es cinismo en estado puro, por mucho que se llame indie (de independiente) es un producto manufacturado al detalle de la industria cultural. Decía un artículo hace unos meses de la revista Paste si el indie estaba muerto; muerto no está, está más vivo que nunca, adosado ya al mainstream pero ha perdido su sentido, el sentido natural auténtico de poder movilizar a esos estudiantes que no querían la guerra de Iraq, a ese 40% de población joven parada que hay en España, a esos universitarios que se echan a Trafalgar Square. “Las canciones hacen la historia y la historia hace las canciones”, dijo Irving Berlin. No ahora.

Matizo primero lo que es una canción protesta. Porque Martha Reeves de Martha and the Vandellas quedó pasmada cuando descubrió que su hit de 1964 Dancing In The Street era un himno de los violentos disturbios de Detroit de Julio de 1967, ella creía que era una canción de fiesta; porque Bob Dylan dijo sobre el escenario que Blowin' In The Wind no era una canción-protesta (Dylan siempre decidió mantenerse opaco a la maquinaria comercial a la que los Stones se unieron y Morrison combatía, y al espíritu revolucionario hippie). Por eso hay razones para ver el término protest song con desconfianza como escribe Dorian Lynskey en 33 Revolution Per Minute: A History Of Protests Songs, disfrazar las intenciones al servicio de la revuelta, pero se trataría una mirada tan escéptica que el echarse a las calles quedaría desprovisto de pureza, de lo aunténtico.

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¿Dónde están himnos como Give Ireland Back To The Irish, War, We Shall Overcome, Free Nelson Mandela o Give Peace a Chance? Que tenga que venir una señora de 40 años (PJ Harvey), con todos mis respetos, para hacer canciones-protesta a estas alturas se acerca al colmo. No porque ella no pueda hacerlo, sino porque ella tiene más fuego dentro que los veinteañeros más pendientes de que salga la próxima cool list de la New Musical Express y esnifar Urban Outifitters y American Apparel. ¿Dónde están las protestas violentas? ¿Dónde están esas canciones de rock and roll de los disturbios? Las últimas reminiscencias me vienen del levantamiento contra la Organización Mundial del Comercio en 1999 en Seattle; entonces el hip hop tomó cuerpo como banda sonora, fue el momento en que el hip hop alcanzó la cima, su éxtasis, para luego empezar a sobar dólares apagándose su llama al mismo tiempo que las proclamas de Seattle'99, ya olvidadas.

Después, ni un hecho tan impopular como la guerra de Iraq ha creado una forjada huella sobre la influencia de la música en la revolución social. Recuerdo a los Black Lips sí, una de las pocas excepciones, capaces de irse a tocar a India, Israel o el propio Iraq y hablar como verdaderos golpistas, pero no pasa aquí, en nuestro mundo occidental. No hay himnos.

2011 está suponiendo el cambio de los puntos de referencia ideológicos en el mundo. El norte de África y Oriente Medio están dando una nueva tesitura mundial, las revoluciones árabes han nacido de una juventud que se ha servido no solo de las redes sociales como herramienta sino de la música como vehículo en muchas ocasiones. El rapero tunecino El Général tuvo un importante papel en la revolución en Túnez con la canción Mr. President; El Général fue detenido a raíz de esta pieza y liberado una vez consumada la caída del presidente Ben Ali. Son canciones que transmiten un mensaje, como las que empezó a hacer el colectivo de músicos (sirios, libaneses, marroquíes, egipcios, jordanos y tunecinos) Music Matbakh. En un caso más extremo, Irán, es de obligado visionado Nadie sabe nada de gatos persas, la historia unos chavales amantes de la música que quieren ser libres a través de ella organizando “con un par” conciertos clandestinos; obviamente, el film fue censurado en la dictadura iraní. He ahí el paradigma, utilizar la música como oxígeno de libertad en uno de los regímenes más despiadados del mundo, y mientras nosotros rebozados en libertad sin utilizarla.

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