Deliciosamente rara. Ella es Jessie Evans, criada en California en el ambiente más liberal posible, en una familia de hippies, tachada de extraña desde la pubertad por sus raros looks y sus ideas purificadoras del espíritu en busca de la aventura; de lo que llaman en la aristocracia “casos perdidos” estadounidenses que se rebelan contra la cultura establecida, los ecos de los beats. Una mente radical que no soportaba el yugo al que le sometía su país y cogió las maletas hacia Europa para sentirse liberada, pasó por España mucho tiempo vagabundeando con la música, con su saxofón, porque lo que hace ella es una mezcla de pop y jazz, algún atisbo de funk con una imagen de cabaret.

Estuvimos con ella en una conversación en la que nos sumergimos en aspectos ideológicos, filosóficos y políticos antes de que saltar a las tablas del Café de la Palma de Madrid, con motivo de los aperitivos del Low Cost Festival (que se celebrará en julio en Benidorm) a destellar con una coreografía estrafalaria. Ella lo hace porque quiere, le importa poco lo que piense la gente, no es que sea “inetiquetable” sino obligatoriamente “antiequetable”, consigue una forma natural en la que mezclar un saxo con una batería, con un imagen a lo Peaches y un fondo de escenario estrambótico propio de la escena inicial en Shanghái de Indiana Jones y el Templo Maldito.

 

Te lanzaste al vagabundeo por España hace unos años. ¿Por qué este país?
Tenía 17 años, había pasado una temporada en Ámsterdam y estaba buscando gente a la que poder unirme. No fue como “a ver qué territorios puedo explorar” y empecé a tocar el saxofón en las calles de San Sebastián, después Barcelona, me sumergí en Dalí.

¿Qué extrajiste de ese viaje? Porque vienes del norte de California y hay unas claras diferencias del estilo de vida hippie en el que creciste.
He viajado desde que era muy pequeña por Estados Unidos, de la costa oeste al este y me he quedado en medio de ambos sitios muchas veces. Cuando tenía 15-16 años sabía que solo tenía un camino, irme de allí, había crecido muy deprisa. Fui a la universidad un par de años pero dije, “no quiero estar en América”. Viajar por España fue muy inspirador, la gente vive en comunidades, está muy unida, es como cuando fui al Castillo de Montjuic, es alucinante. Siento que en Europa la escena musical es más creativa y la gente más activa y Estados Unidos son más vagos, se ponen a beber, no hace nada y quiere ser guay. Aquí la gente está más implicada políticamente siendo muy conscientes de lo que pasa en la sociedad.

No parece que vayas a volver a Estados Unidos…
Me mudé aquí porque quería dedicarme a la música y la mejor forma era en estar en Europa. El gobierno en Estados Unidos está totalmente corrompido, tengo miedo estando allí, los dos partidos están contaminados. El gobierno no tiene el control de nada, los medios de comunicación se dedican a distraer a la gente en una sociedad que no quiere saber lo que está pasado en su propio país y eso me asusta bastante, tenía que irme porque no había espacio para mí allí. Es como el asunto de México y la frontera, es terrible, toda es propaganda que se echan unos a otros encima; ellos quieren hacer del mundo un nuevo orden a raíz de su gobierno, el gobierno de las empresas porque no es el presidente el que tiene el control.

Pero esto no es nada nuevo, ya en los sesenta los autores de la Generación Beat hablaban de ‘La Caída de América’ como tituló Ginsberg una colección de poemas.
Claro, mis padres estaban muy involucrados en esa generación y ya me lo decían. Sabíamos desde entonces que esto estaba viniendo en una sociedad que ha mantenido los ojos cerrados todo este tiempo mientras América estaba siendo manipulada y acosando a muchos países queriendo tener el control de todo. Recuerdo cuando fui a ver a Obama a Berlín cuando se reunieron dos millones de personas, y en el primer momento cuando le vi era muy emocionante, el primer afroamericano en la Casa Blanca, quise darle una oportunidad aunque era escéptica. Ahora estoy horrorizada, son solo discursos que ni siquiera han sido escritos por él y es como otro gobernante más, es muy peligroso, ha mentido a todos los que han invertido su confianza en él.

Pero a los americanos siempre se les inculca el miedo, especialmente desde Bush.
Tienes razón. Yo nunca he tenido ese miedo pero la gente cree que el sistema les va a proteger y va hacer cualquier cosa por ellos.

La masa con miedo es más fácil de manejar.
La gente está muy mal educada en este aspecto. La mierda de los medios de comunicación llega a la gente, es como “oh, Lady Gaga”, las estrellas del pop distraen a la gente de lo que realmente está pasando o quien está saliendo con quien, es todo mierda, la gente se pierde.

Hablábamos antes de la Generación Beat y tu vida y modo de pensar se asocia un poco a lo que congeniaban ellos. ¿Cuáles son tus influencias artísticas, en general, en cualquier área?
Estaba plenamente en sumergida en Kerouac cuando tenía 14 años más o menos.

Lectura habitual de los adolescentes norteamericanos.
Sí, En La Carretera me inspiró totalmente, todos los sitios que vivieron y las experiencias de la vida, los lados oscuros de las cosas. Siento curiosidad por la condición humana, el amor, y, por ejemplo, en el cine, Herzog me ha llegado mucho con esos personajes en que la vida es una mierda pero es que es así, todos se enfrentan a un mundo hostil. Sus películas van más allá de lo lejos.

De todas las ciudades que has estado, ¿Cuál es tu preferida?
Berlín porque vivo ahora, pero Madrid me encanta, siempre la disfruto mucho, aunque si tuviera que vivir en España lo haría en Barcelona porque tiene mar y yo lo necesito, es algo que echo de menos. Ahora cuando vuelva a Berlín me voy a encontrar con temperaturas casi de invierno de nuevo.

Berlín tiene algo especial, es una de esas ciudades que tiene una esencia especial pero no sabes describirla muy bien, ¿podrías tú hacerlo?
Creo que es una conjunción de que es una ciudad vieja y nueva al mismo tiempo. La palabra para Berlín es libertad, la gente se siente libre de hacer lo que quiera en cualquier momento teniendo una conducta cívica. Hay tantas diferencias entre un lado y otro de la ciudad pero palpas en el ambiente lo abierta de mente que es la gente, aunque como dices es difícil de explicar, quizás hay que vivir allí para sentirlo y seguirás sin poder describirlo.