Una edición de sensaciones extremas, de polos; Benicàssim nunca deja indiferente, al menos no ha sido insípido como El Día de la Música o carente de especias como el DCode, pero seguro que mi juicio está enturbiado por la lasitud presente en mi cuerpo ahora mismo y el hastío previo de tanto festival en las piernas como prejuicio con el que acudía. FIB 2011 no entrará en la historia de los festivales en España, en la historia de los FIB’s, no, si hacemos un análisis revistero, sí, si hablamos de música, que es lo que intentamos hacer aquí (casi siempre), sacar las entrañas de este arte para observarlas, tocarlas y comérnoslas experimentando las sensaciones y los sentimientos del tacto, olor y sabor que desprenden.

Hubo que esperar al domingo, último día del festival, para ver y escuchar música, mientras tanto hambruna etiope con leves raciones sabrosas pero poco contundentes. Porque en el FIB 2011 ha ganado la música, aquellas propuestas que facturan esta preciosa palabra letra por letra, por lo menos ese dulce me quiero llevar a la boca pese a que la realidad sea el triunfo de un modelo de festival (negocio) re-orientado a la eclecticidad de estilos para mayor variedad de público ante el agotamiento de las parroquias indies y, por lo tanto, más caja.  Diferentes públicos pero un mismo objetivo, grandes nombres soportando excesiva carga del contenido del cartel que llevan a una inversión brutal en detrimento de la clase media del festival, mucha banda inglesa del montón.

A lo que iba (fuera análisis superficiales que remueven las tripas), si en tres días resaltó lo que se entiende hoy por concepto de música y lo que no debe ser, en tres horas experimentamos el mayor esplendor de la palabra música gracias a dos bandas que proponen sobre el escenario eso, sólo el brillo de la música. Si Arcade Fire ha alcanzado el estatus de superestrellas en el mundo de la música es porque, por una vez, se valora la calidad. Tres discos para reír, llorar, cantar, disfrutar, sufrir, recordar, emocionarse…todo gracias a la música. No es posible definir su actuación en Benicàssim como “conciertazo”, fue tan simple como lo que tiene que ser un concierto, dejar con ganas de más a 40.000 personas después de una hora y media donde dan rienda suelta a la imaginación del público, magia emocional, soñolienta. Tu cuerpo en frente del escenario Maravillas, tú pegado a la ventana de un séptimo piso con lágrimas y Rococo de fondo en la oscuridad, tumbado sobre el césped de la sierra buscando el cielo bajo la brisa de Ready To Start, apelotonando tus torpes movimientos de baile reviviendo el intrínseco ochentero que hay en ti con Sprawl II mientras conduces el coche. Ellos te dan las herramientas con su impecable bagaje musical, desde Funeral hasta The Suburbs pasando por Neon Bible, sus tres obras maestras de atmósfera eclesiástica, épica melancólica, pop soleado…unido a su buen hacer histriónico, sin pose pero con corrección rockera en el escenario más las albóreas proyecciones que alimentan la fascinación visual del espectador (el ser humano es tan simple que la luz le sigue sorprendiendo).

Beth Gibbons, Geoff Barrow y Adrian Utley regalaron una experiencia espiritual máxima, un concierto no corpóreo

Después de Arcade Fire entiendo porque Peter Pan y compañía podían volar, yo lo hice, empujaba mi fino culo un aura positiva, flotaba en una burbuja en la que Portishead me introdujo. Picoteado por la expectación que me generaba ver al trio inglés por primera vez, mi ansia se vio sofocada por uno de los mejores conciertos ante los que me he plantado y, probablemente, el más precioso. El arte es delicioso cuando exalta los sentimientos a su máxima potencia, nos completa, Portishead hace arte, hace música, que lo pongan el diccionario, que lo reflejen en los libros de historia, Portishead asignatura obligatoria en educación musical. Fabrican su propia atmósfera, es de otra física y otra química, podríamos respirarla años, saborearla siglos, nos metemos en su música solo algunos y no quiero decir que el público de Portishead sea exclusivo (cada uno con sus gustos), pero no pretendo que cualquiera pueda comprender el repaso de sensaciones y sentimientos generados, vividos, que explotan, el clima etéreo en el que estábamos flotando; tuve un leve momento analítico para ver una masa embelesada no corpórea disfrutando de una propuesta musical (mayoría británica, claro, que vienen mejor preparados genéticamente), he ahí lo precioso del concepto Portishead, de amar un arte. Precisos en la ejecución, destartalados en su vena más industrial, sencillos en la sensualidad de Glory Box, complejos en sus piezas más carismáticas, ninguna otra voz como la celeste de Beth Gibbons puede traer más paz a la naturaleza del ser humano porque es la mayor expresión innata del humano; Gibbons es la voz de la comunión con la naturaleza, con nosotros mismos. 25.000 espíritus salidos de sus cuerpos volando, flotando, bailando, renaciendo, acariciándose, disfrutando de su mayor bien, ser natural como desde el minuto cero de nuestras vidas (a partir de ahí empiezan los límites, unos más que otros). Y el cénit, con Roads, para cerrar, cómo tocar la belleza, que te arrope, que la abraces, que la beses. Portishead como asignatura obligatoria, y el ser humano sería más humano que nunca para poder disfrutar de sí mismo.

Portishead y Arcade Fire taparon las decepciones de los otros dos grandes peces del cartel. Arctic Monkeys empezará a recetarse a partir de esta semana como sustituto natural de la ‘Dormidina’; nunca he encontrado nada rock en una banda que actúa sobre un escenario como las probables estatuas de cera que tendrán en algún tipo de cutre-museo. Si además de eso (una terrible vaguería para conectar con una audiencia que se exalta demasiado solo porque oye guitarras aporrear) ofrecen una selección de canciones paupérrima, es lógico que el personal, esperando dar unos cuantos botes, salga decepcionado. El problema del cuarteto inglés es que intenta desprenderse de esa etiqueta adolescente con la que nacieron y tras los dos últimos discos el fracaso es palbable; por mucho que pretendan que han madurado a la gente les gustan sus canciones de acné todavía. Lo de The Strokes fue mayor decepción porque les he defendido en el papel del Capitán Alastriste. Independientemente de un track list bastante diferenciado en dos partes y que se fue apagando a medida que pasaban los minutos, el quinteto tiene una pose bien definida sobre el escenario, cada uno con su papel (el chulo, el rockero, el correcto, etc.) pero pasados de rosca. Mucha preocupación por la pose y poca por la música, y el bagaje es bien bueno como para no mostrar a la audiencia que estaban ahí para dar un conciertazo, la materia la tenían, pero prefirieron montarse un espejo delante del escenario y ver lo bien que tocaban y lo guapos que estaban. Cuando tocas para ti mismo, malo; lo dicho, decepción profunda.

No quiero despedir esta crónica con notas negativas cuando todavía escribo estas letras con Portishead en el audio alternado con Suburban War o Month of May de Arcade Fire, me niego. Beirut era mi principal objetivo del festival, de poco me importaba que se solapara en horario con Arctic Monkeys (al que llegué a la fase REM). La banda de Zach Condon es una de esas que podría introducirse “por lo bajini” en algún festival de músicas de calidad, digamos Cartagena. Descalifica un poco a Beirut denominarles “indie”, un grupo realmente inclasificable por el aporte folklórico, de música popular, instrumental, variedad de estilos, una delicia de propuesta, otra de esas por las que valoras la música como el oxígeno.

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