Seguimos la temporada primavera-verano de festivales con la tercera parada de esta tournée que nos llevará por varios eventos (vaya vida que nos pegamos): Día de la Música 2011 en Madrid, matizo, Día de la Música Heineken 2011, que nunca menciono en la nomenclatura al patrocinador principal (y no lo digo con retintín), es justo porque son los que ponen la pasta. ¿Y de qué manera? La cervecera, siempre asociada al FIB y otros eventos de alta costura musical, ha iniciado este año una nueva etapa, centrada en un probable recorte de presupuesto al no formar parte de la nomenclatura principal del festival de Benicassim (pero sigue siendo patrocinador) y la inversión en los ciclos de conciertos del Heineken Music Selector más el festival que vamos a desguazar ahora.

Al final de este artículo el lector sabrá quienes son Scala & Kolacny Brothers (Heinekenpro.com, fotógrafo: Juan Pérez-Fajardo)

Con ‘el Selector’, la propuesta de Heineken es atractiva, plantan artistas de primer nivel indie internacional, la mayoría de ellos con una carrera en la música no superior a dos discos, en escenarios de toda España durante todo el año a precios populares (lo vendo barato oiga, señora) o lo que es lo mismo, pagar lo que hay que pagar por lo que vas a ver y así aliviar los bolsillos del oyente que, generalmente, tiene que soltar 20 euros de media por banda nacional y 25 por internacional. Se trata de un inaudito acto de lógica en este país llamado España, y en especial en el mundo de la promoción musical alternativa nacional: simplemente había que seguir los modelos exteriores que dan resultados, concierto de Vetiver (5 discos) en Manhattan por $15, The Antlers en Brooklyn por $12, esa es la tónica general, el paradigma de la escena habitual en Estados Unidos. Más por menos y de mejor calidad, es simple.

Con esa filosofía ha renacido este año el Día de la Musica, y hablo renacer porque el año pasado por falta de infraestructuras (El Matadero estaba en obras) el evento quedó muy exclusivo debido a la capacidad del Circo Price, el anterior fue un evento de un día gratuito en El Matadero (además de Barcelona, Valencia y ¿Ourense?) del que la cervecera no debió sacar mucha rentabilidad y 2008 se puede hablar como la primera vez que España celebró “un día de la música”, patología evidente de nuestro tercermundismo cultural. Así, 2011 se planteaba como un nuevo festival bajo la doctrina “heinekiana”, artistas como Glasvegas, The Pains Of Being Pure At Heart, Russian Red, Vetusta Morla, Caribou, Janelle Monae, Lykke Li, Yuck, Crystal Fighters, etc (ninguno ha sacado más de dos discos excepto Caribou), y bajo la imposición “heinekiana” de no a los (billetes) “azules”, 15 euros la entrada de día, y el abono de dos días 24, es decir, bueno, bonito y barato: objetivo conseguido, la masa vuelve a estar amorfinada por un producto de la industria cultural.

Estamos tan lobotomizados que pagamos por tener un “día de la música”. Pero no imputo a Heineken, ya han hecho suficiente con al menos crear un oasis

Analicemos al detalle el nombre del festival: Día…de…la…música, y cito de Wikipedia (mi Yo periodista pierde un poco de alma al decir ‘citar de Wikipedia’): “celebración internacional que se realiza el 21 de junio, el primer día del verano del hemisferio norte. Su objetivo es promocionar la música de dos maneras: La primera que los músicos aficionados voluntariamente salgan a tocar a la calle. La segunda es con la organización de conciertos gratuitos, en los que el público tenga la oportunidad de presenciar sus artistas preferidos sin importar estilo ni origen. Fue creada en 1981 por Jack Lang, cuando era ministro de cultura de Francia”. 15 euros no es gratis en mi pueblo, 24 euros no es gratis en mi pueblo, Madrid, mi pueblo no es toda España (¿qué pasa con el resto de ciudades?), y no vi a músicos en las calles de mi pueblo, por lo que el día de la música internacional, una iniciativa de carácter social y alternativa al Carrefour cultural cotidiano se transforma en un producto más de la industria cultural al servicio del bien privado, la misma historia de siempre.

Y me niego a echar la culpa a Heineken, no es que ahora tenga que quedar bien y sacar a paseo el clientelismo habitual en el periodismo musical español, es que la cervecera, como empresa privada, hace lo suyo, busca ánimo de lucro, quiere pasta, bastante ya hace, hay que aplaudir su filosofía “heinekiana” y lo que ha hecho por la promoción musical en este país desde hace más de una década. Lo único que puedo achacar a Heineken es la anemia ética de tomar la nomenclatura ‘Día de la Música’ pero, como he dicho, en la iniciativa privada no tienen porque existir esos códigos (¡qué coño, seguro que hasta mi ética tiene precio!, aunque no mi moral). La peste está en las instituciones de este país, en el momento que la iniciativa privada tiene que tomar el mando de la gestión y desarrollo cultural de un país, mal vamos, la cultura es un bien preciado de todos y tiene que ser para todos. El inmovilismo institucional con la promoción musical es endémico, no toco a nivel local para no pecar del típico centralismo madrileño pero, ¿tiene España un Ministerio de Cultura? ¿Por qué los aficionados a la música en España, y la población española en general, no pueden disfrutar de un día de la música internacional de forma gratuita? ¿Por qué no como Francia? Sí, como Francia, hay que hacer siempre la misma maldita y odiosa comparación con nuestros vecinos. ¿Por qué no existen autopistas de acceso a la cultura para enriquecernos como seres humanos y nos quedamos en carreteras comarcales? La respuesta: el español medio dedica 240 minutos de televisión al día, ¡4 horas!, ¿así somos o así nos hacen/dejamos hacer?

Cucarachas repugnantes con olor a gasolina / dráculas de media noche chupando cultura y vida, cantaba Rosendo
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Me disculpo a posteriori porque el lector que quisiera leer una crónica hecha y derecha del Día de la Música Heineken 2011 se haya encontrado con una paja filosófico-social del estado de putrefacción de las instituciones, esas de las que elegimos mediante referéndum a sus miembros, a la hora de servir al ciudadano. Y creo que me quedaré con un último párrafo para la reflexión de lo que fue musicalmente el festival porque últimamente manifiesto excesivamente un tara, analizar el público del festival, en parte (sin razón) por mi actitud “goebbeliana” de rechazar a los que no van a un festival a disfrutar de la música y en parte (con razón) porque desvelar el código genético de la audiencia de un festival es lo más cercano a “dime como meas y te diré de qué pie cojeas”.

Madrid no es una ciudad de festivales, el madrileño-medio-con-inquietudes-por-la-música independiente no sabe ir a festivales… en Madrid. Al madrileño-medio-con-inquietudes-por-la-música-independiente  le ves en Benicassim, Barcelona, Benidorm, con su playita y, aun así, no es buen oyente. No le podemos pedir sandías a un peral, el madrileño-madrileño-medio-con-inquietudes-por-la-música-independiente tiene la tara genética de no saber escuchar, de no saber atender, de no saber percibir, de no saber entender, de no saber recibir las propuestas musicales, tanto las que desconoce como las que conoce. Solo necesité diez minutos de la primera actuación del sábado que fui (aunque por la mañana estuve viendo a mis amigos de Autumn Comets), Toro y Moi, para saber que no estaba en un festival de música (= cultura) sino en un evento de ocio, que es lo considera que es un festival de música el español-medio-con-inquietudes-por-la-música-independiente (en parte lo es, pero no en un 120%). 1+1=2, si nos han educado y estamos educando a la gente de pepinos culturales con E. coli el resultado son mutaciones de conceptos. No hay educación cultural, y no hace falta preguntarle a ‘La Merkel’ quienes son los culpables; no es una crítica a la audiencia, es una resignación de lo que hay, acentuado por las especiales características que tiene el público capitalino.

Madrid no es una ciudad de festivales, pero es que el español-medio-con-inquietudes-por-la-música-independiente no está culturalmente, en el ámbito público, bien educado.

Que Madrid no sea ciudad de festivales no es un síntoma de que el Día de la Música fracasará. No querría ser el oráculo. Es cierto que el historial pasado de festivales en la capital no convence (el Summercase y las tres millones de razones de porque no funcionó), que los madrileños no saben ir a festivales y que El Matadero no es un recinto adecuado para montar un festival, ese es el repollo del cocido. Pero, hay chorizo y morcilla, precisamente la naturaleza de esta generación mal educada de festivaleros que estamos hechos por ser esclavos-consumidores del Carrefour cultural produce riqueza, no moral pero sí de pose (y eso son euros), además de la propuesta “heinekiana” descrita en los primeros párrafos que atrae a aquellos que sí van a un festival por la música.

Ah coño, lo musical. Me voy a ceñir a opiniones de mi entorno y lo voy especiar con mi cosecha. Casi que lo mejor de cada día estaba programado para la sobremesa, y con el sol ecijano que caía sobre El Matadero a esas horas (especialmente el domingo) una persona tan débil como yo eligió vivir a escuchar música (y el domingo me tentaron con una buena oferta de lentejas caseras): adiós a Ellos, Aias, Anna Calvi, Dum Dum Girls, Pony Bravo, Yuck y PS I Love You (aunque al gordo vocalista y guitarra le vi más de una vez, que tío tan majo). Enriquecedoras las propuestas musicales de Toro y Moi y Wild Beasts, transmisión de ganas de hacer música de verdad, nulo el contacto de la audiencia con ellos; es lo que explicaba metafóricamente a un amigo de otro medio, recuperando los párrafos de arriba sobre lo mal oyentes que somos: banda y público deben unirse como cuando encajas las dos manos por los dedos horizontalmente, pero lo que pasaba en el festival es que ciertos grupos iban con los dedos para encajar y se encontraban con una mano posicionada verticalmente.

Cortos The Pains Of Being Pure At Heart (escasos 35 minutos), además que es otra de esas bandas de sala, odio decir que un grupo no es de festival pero la propuesta en el Teatro Lara de hace justo un verano no se borrará positivamente de mi memoria. Masificados Vetusta Morla, había gente que solo fue por ellos, es un grupo que quien me conoce sabe que les tengo totalmente atravesados: admiro que saquen su segundo álbum sin discográfica, creo que se merecen el éxito por el duro trabajo de muchos años, pero es una propuesta musical vacía, y todavía estoy esperando a que Pucho se auto-absorba en sus arranques vocales (por mucho que me cuenten especialistas de canto que es una buena voz). Crystal Fighters, ímpetu que ofrecer, no tanto repertorio (solo un disco), y poco con lo que se encontraron a excepción de las primeras cinco filas, pese a lo avanzando de la noche (y llamar avanzado son las 00:30 porque a la 01:00 el garito estaba cerrado). Janelle Monáe, unos opinaban que un chorrazo de energía afro y otros que un espectáculo excéntrico cercano a una broma pesada, la opinión negativa crecía a medida que te retrasabas de filas, cuestión de engancharse en el loop. Antes, Lykke Li tocó en un horno de pollos, y que cantara sin deshidratarse ya me parece un mérito, ese esto todo mi análisis. Lo de Glasvegas sí que me pareció una broma: sabiendo ya de la pésima calidad del segundo disco, verles sobre el escenario se me atragantó como debía haberse atragantado con el micrófono James Allan empuñándolo y estrujándolo cual pene en poses de Jesucristo Superstar. Caribou para cerrar, muchos habían huido para empezar la semana, y en El Matadero se quedaron los que sabían de música, es decir, yo no. Y de dos días me quedo con esto, un coro belga de chicas al que no prestaban atención ni los mochileros de la cerveza llamado Scala & Kolacny Brothers, bajo un terrible sol mercuriano, entonando Cumpleaños Total de Los Planetas, y no es la primera versión que hacen. Por cierto, hoy, el verdadero Día de la Música Internacional, 21 de Junio, hay conciertos en el Teatro Circo Price: Russian Red, The Last Dandies y Supersubmarina por 9 euros.

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