Se acercaban las 21:45 de la noche del domingo cuando los Fuckin’ Bollocks se bajaban de las tablas de la madrileña Sala Heineken. Buen aperitivo para lo que se le venía encima a la juventud expectante: cervezas desfilando por doquier, caras afectadas por el S.O.S 4.8; de hecho algunos compañeros periodistas acababan de llegar de Murcia; pero muchas ganas de una intensa celebración litúrgica.

El cuarteto de Georgia aparece finalmente en el escenario, cada uno se dirige a sus aperos y comienza la diversión. Encabezados por la tremenda presencia y la garganta superlativa de Jared Swilley, la banda se mostró tan ebria y desaliñada como poco formal en la ejecución de los temas, con un repertorio que tenía toda la pinta de haber sido cocinado diez minutos antes en el backstage. Alternaron varios discos con viejos éxitos como Ghetto Croos de su segunda grabación We Did Not Know The Forest Spirit Made The Flowers Grow [Bomp! Records.2004], Dirty Hands de Let It Bloom [In The Records.2005] y el afamado Veni Vidi Vici de Good Bad Not Evil [Vice Records.2007]. No faltó de nada.

El clamor con el que fue recibido Bad Kids en el ecuador del concierto auguraba paseo triunfal para el conjunto estadounidense: alcohol brotando del gaznate de Cole Alexander como si fuese una fuente de los jardines de Sabatini, no menos de 15 personas subidas en el escenario cantando el tema junto a los miembros de Black Lips y un descojone general al contemplar como los de seguridad trataban de bajar sin éxito a los asaltantes.

Cervezas, rock y mucha juventud fueron las principales bazas de la velada

Con un proscenio empapado de alcohol, mugre y sudor llegó la calma con Hippie, Hippie Hoorah, una de las joyas de la velada que gozó de ese aire de rock psicodélico, lento como un blues arrastrado que suena a mil y una bandas herederas de los sesenta y los setenta de alma hippie y corazón rebelde, pero que de la mano de Swilley dicho estilo engancha, gracias a esa continua melodía marcada por el bajo, las guitarras de acústica retro y la sentida voz del baterista Joe Bradley.

Todo estaba saliendo a pedir de boca, a excepción del sonido de la sala. Este factor se hizo notar en Time Of The Scab, otro de los hits de la noche que no sonó como tenía que hacerlo. Todo un pelotazo que se privó de calidad, ya sea porque el propio Swilley lo reventó o por la suciedad sonora, pero pese a todo, la ovación estaba garantizada. La gloriosa y ya legendaria formación se despidió del respetable con una versión de la canción Wild Man de los Tamrons, aunque seguro que si hubiese sido por ellos se hubieran quedado media horita más, se lo estaban pasando formidable.

Concierto memorable de poco más de una hora de locura donde la fiesta y el desfase no brilló por su ausencia. La vibración de los 200 fanáticos de la banda se convirtió en delirio , un momento de celebración comunal que pocas veces se vive en la capital. Bacanal en toda regla que hace a los Black Lips más humanos y mejor personas, simplemente son cuatro outsiders con problemas severos de alcoholismo que dan a la gente lo que quiere, que menosprecian el concepto de banda basado en llegar tocar e irse, ellos todavía siguen disfrutando como hace 8 años. Grandes los de Atlanta, muy grandes.

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