
Esta pasarela tiene algo que hay que saber antes de acudir. O, por lo menos, antes de sentarse a verlo. Junto al sublime Felipe Oliveira Baptista o la Agatha Ruiz de la Prada portuguesa, Fátima Lopes (no por estilo, sino por ego), desfilan marcas; es decir, la pasarela acoge ropa del día a día, sin mayor pretensión que esa, a la vez que creaciones que no escapan de la retina con facilidad.
Afortunadamente, todas las marcas están concentradas en un mismo día, aunque apoyadas por celebridades y diseñadores consagrados -y casi mitificados- en Portugal, lo que ayuda a digerirlas de golpe y sin saborear. Ver y tragar. Es lo que tiene que la moda sea un negocio, además de un bien de primera necesidad, y Oporto es uno de los grandes escaparates para compradores, o eso se dice entre susurros mientras desfilan modelos vestidos de Lion of Porches, TM Collection, Red Oak, Dielmar o Vicri.
Eso sí, entre las deidades portuguesas, hay dos que siempre se cuelan entre marcas, probablemente para romper la monotonía e incrementar su fuerza: Luis Onofre, zapatero con pasión, presentando sandalias planas y zapatos de altos vuelos, acompañados ambos de cristales y plumas; y Fátima Lopes, la diosa del Olimpo, la intocable y el cierre permanente de los sábados de pasarela. Siempre controvertida con el calzado, presentó obras casi escultóricas de madera enyesada y con tratamientos en la superficie que hacían de ellos un trozo de barro virgen y lleno de sutiles imperfecciones. Una agradable sorpresa, y casi un disgusto para las modelos, que tienen que sufrir, desfile tras desfile, el ingenio de la incombustible Lopes en sus pies. Combinando casi a la perfección con el calzado, aunque con cortes quizá algo toscos para la voz de la experiencia, cuero, raso y telas limpias se mezclaron entre volumetría y plano.

























