‘Tímidos anónimos’ y varias onzas de buen cine francés
'Tímidos anónimos' se presenta como una comedia dulce y elegante que consigue de esa dosis de cine y chocolate el mejor de los placebos sin llegar a empalagar.

Llegar al corazón de un tímido es igual o casi más difícil que encontrar un sinónimo que recoja todas las especificaciones que posee la timidez sin dejar ninguna fuera. Son seis letras que se asoman sigilosamente a la vida, que llegan sin querer molestar y que se asientan en nuestras vidas de manera tan delicada que muchas ocasiones no nos damos cuenta. Por esto, el título elegido por su director, Jean-Pierre Ameris, puede ser casi una obviedad, una redundancia, porque en muy raras ocasiones, los tímidos son populares o famosos, ya que su introversión no les pone fácil el lanzarse al mundo y mucho menos destacar sobre el resto.

Vergonzosos, apocados, cohibidos, turbados, retraídos, cobardes, cortos de ánimo, temerosos, medrosos, sutiles, ligeros, introvertidos, humildes y modestos. Así son ellos, así son esa especie de hombres y mujeres a las que un simple cruce de miradas en el metro les supone un mundo, una sorpresa les hace enmudecer y tartamudear, un apretón de manos activa ipso facto todas sus glándulas sudoríparas y cualquier gesto de atención (porque el cariño es superlativo) pinta dos soles rojos en sus mofletes. Eso es lo que les pasa a los protagonistas de este film, que bajo un escenario común sin florituras y un guión tan elegante como el acento francófono que destilan sus voces, luchan contra los complejos, carencias y miedos que no les permiten vivir sin casi tener que perdir permiso. Así, Tímidos anónimos se presenta como el chocolate que fluye como leitmotiv en la cinta, siendo una comedia dulce y agradable ya que ambos, el cine y el chocolate, bien dosificados, pueden ser perfectos placebos sino llegan a empalagar.

De todos esos sinónimos, algunos forman parte del saco de desventajas o defectos que lleva implícito ser tímido y que muchas veces son trabas que impiden capear con nuestro día a día y que pueden suponer la aparición de muros, obstáculos y paredes que no nos dejan avanzar tanto como queremos. A veces, tenemos que ponernos el traje de valientes y dejar, aunque nos cueste, toda nuestra vergüenza en el cajón porque sino toda esa sutileza y tranquilidad con la que se actúa y que nos llevan poco a poco hasta nuestro objetivo, pueden ser inútiles si la cobardía aparece en el último momento. Y todas estas pautas, estos comportamientos, entran y salen, salen y entran de nosotros sin permiso, sin avisar, y aunque a veces la espontaneidad aparezca y nos dé gratas sorpresas, otras veces pueden actuar y dejarnos paralizados, sin respuesta, sin aliento, de manera que ese peso que no nos deja movernos, esa fuerza que pesa el triple que nuestras ganas, gane el pulso y tengamos que renunciar. Esa es la historia que nos traen Isabelle Carré y Benoit Poelvoorde mediante sus personajes y con total brillantez, por cierto, en forma de cuentos de hadas. Así, este trío de actores y director, nos confirma, una vez más, que no sólo aquella chica de melena morena y flequillo llamada Amelie puede ser dueña de un fabuloso destino.

De esta manera presenta Amarís a Angélique y Jean-René en esta comedia romántica, los dos profesionales del chocolate que, como siempre pasa con las cosas buenas, se conocen por y gracias a la casualidad. Y esa buena casualidad hace que estos dos tímidos patológicos superen juntos sus miedos y que ambos encuentren por fin a alguien que les entienda. Porque muchas veces buscamos a alguien que nos complemente, a alguien antagónico que consiga de nosotros la parte que nos falta, pero en realidad hay otra opción, quizá más fácil, que consiste en encontrar a alguien igual que nosotros, con nuestros fallos y nuestras virtudes, nuestros gustos, nuestras costumbres… de manera que así no haga falta crecer ni aprender, sino simplemente ser y estar, y puede que esa unión de dos medias naranjas iguales, de un ying-yang monocolor, consiga ganar al tiempo y a la rutina. Tendremos pues que seguir jugando y apostar en bastantes bazas, las suficientes, para saber en qué lado nos posicionamos: tímidos VS atrevidos, modestos VS narcisos, humildes VS soberbios y sobre todo iguales VS distintos… El caso es que, el director francés, nos recuerda con este delicado y elegante retrato, que como dice esa gran frase siempre presente en petits comitées, mesas camilla y caminos de vuelta a casa, “siempre hay un roto para un descosido”… será cuestión de aprender a hilbanar con tino

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  3. CYAN mag dice:

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  4. cajadesastre dice:

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