Hacía mucho tiempo que me costaba tanto expresarme, que las palabras se me quedaban atascadas como ahora, que tengo en mi cabeza una madeja de letras que soy incapaz de desenredar. Quizá pueda ser porque aún no he digerido bien su llegada, porque ya, a estas alturas, ningún seguidor de la pequeña de los Coppola esperaba que se fuera a estrenar Somewhere en nuestro país, y quizá puede ser que esa espera de un año haya funcionado como un falso creador de ilusiones. Parece que todo lo bueno se hace esperar, y que cuando algo tarda mucho en llegar a nuestras vidas, es porque promete ser increible, sublime e inmejorable, y por eso hay que tener paciencia, por eso merece la pena esperar.

Sofia Coppola, desde que empezara como directora con Vírgenes Suicidas en 1999 y después de que su padre tuviera que asumir que no había nacido para ser actriz, ha ido apareciendo como los febreros más largos, cada cuatro años. Estaba claro que ella misma dejó el listón más que alto con la incomparable Lost in traslation y que con la historia de la incomprendida reina de Francia, Maria Antonieta, consiguió esquivar a la temible crítica y salir del paso en su vuelta a la gran pantalla. Pero ahora, 8 años después de aquel momento Santori con Bill Murray, y con un León de Oro a la Mejor Película en su haber, resulta dificil no comparar personajes, planos y todos esos detalles que hacen que cada una de sus películas la delaten en su autoría.

Somewhere juega con planos infinitos en el tiempo minuciosos hasta el milímetro , que sin diálogos ni apenas acciones completan su exhibición. Esta es una de esas películas que, si viéramos en casa, probablemente pulsaríamos el botón de avanzar del reproductor sin pensárnoslo dos veces, como Haneke en Funny Games, pero en esta ocasión adelantando algunos segundos de espera. En lo último de Sofia Coppola no pasa nunca nada; la historia apenas avanza, ni tampoco retrocede, simplemente está. Como sus personajes, Stephen Dorff y Elle Fanning, que parece que pasan por delante de la cámara por casualidad y, sin ninguna pretensión, deciden quedarse hora  y media dejándonos ver algunos momentos de su también casual, y casi obligado, reencuentro.

Esta es para la directora una línea más en su filmografía, una película con parte autobiografica que supone un atisbo y un recordartorio de lo que fue su gran obra Lost in traslation, con la que demostró valerse por sí sola sin necesidad de que su apellido le diera el consecuente empujón al estrellato. Así, Sofia parece plantarse en su propia obra, queriendo simplemente que el espectador no se olvide de que en algún momento y en algún lugar dicha película supuso un antes y un después para muchos espectadores que habían perdido la fé y que habían dejado de apostar por las grandes superproducciones hollywoodienses y por esas películas, que los que más saben de cine, las categorizan dentro del mediático “cine de palomitas”.

De esta manera Somewhere no supone un paso en falso porque los 98 minutos son un hecho y su cartel se asoma en las mejores fachadas, ni tampoco uno en balde porque con ella se van puliendo formas, tics y costumbres que servirán de aprendizaje a todos los implicados en el proyecto. Con ella, su directora materializa y pone cara a su etapa más reflexiva marcando con ésta su propio stand by con la ayuda de Dorff, que con su naturalidad “queda” bastante bien en pantalla y Fanning que retrocede un par de años después de haberla visto de teenager rompecorazones en Super 8 y a la cual Coppola se empeña en darle matices demasiado infantiles cuando su cuerpo y gestos ya han abandonado esa fase.

Quizá sea esta película un remedio casero contra ese frío que tantas veces ha sentido Sofia Coppola entre las cuatro paredes de la habitación de un hotel, quizá sea el personaje de Elle Fanning su pequeño retrato cuando su padre iba de festival en festival y ella notaba ese vacío de figura paterna, quizá plasme en Dorff esa obsesión de persecución día y noche por paparazzis que buscan fotografiar uno de sus besos con el cantante de Phoenix, y también padre de sus dos hijas.

Quizá Coppola esté en plena búsqueda de ese lugar donde quedarse porque sabe que en algún sitio está esperándole su felicidad plena. Mientras ese momento llega nosotros seguiremos buscando películas como esta que, a falta de poder viajar y encontrar, consiguen evadirnos un ratito de nuestra rutina que nos deja a veces anclados sin poder nadar. Y mientras desde el otro lado de la realidad, seguiremos también comprobando si nuestra felicidad está en el lado opuesto de donde nos encontramos o simplemente la tenemos delante de nosotros en pequeñas entregas, como los fascículos,  y sólo es cuestión de quedarse y disfrutar… porque en algún lugar tiene que estar.

Yo soy de la opinión de que no importa tanto el sitio como la compañía, de que el “dónde” es sólo un escenario donde se enmarca el “cómo” y el “qué”  y de que por mucho que sepamos esas 5  “w” (what, who, where, why, when) que busca todo periodista, la historia se queda coja si le falta un somebody con el que compartirlas…

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