Un preludio, las notas de Tchaikovsky, juego de luces y sombras y Natalie, y su alter ego Nina, y en menos de tres minutos, ya casi nos han conquistado. De esta manera, el director estadounidense, Darren Aronofsky consigue jugar elegantemente con la realidad y las alucinaciones, y con imágenes especulares somete a la protagonista a situaciones extremas que la hacen situarse en las antípodas del bien y del mal haciendo un meticuloso recorrido por todos esos estados del alma que Aristóteles denominaba “pasiones”. Así, la protagonista, cuyo único deseo es encontrar su propia cara B y poder llegar así a ser un cisne negro, pasa del dolor al placer a través de esos once estadios, sintiendo apetencia, ira, compasión, miedo, coraje, envidia, alegría, amor, deseo, celos e incluso odio. Ese odio que surge de la sobreprotección que le aporta su madre, que la asfixia y la lleva a la locura y a la impotencia, que le hace revelarse hasta llegar a la autodestrucción.

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Con la dualidad de su protagonista y el eterno juego blanco VS negro, que aporta ese dinamismo necesario para que el espectador no se pierda entre tanto paso de baile, Aronofsky vuelve a la carga con el personaje principal de Nina, que como todos los protagonistas de sus películas, construye su propia vida a partir de escombros y con unos andamios que no transmiten seguridad. Cisne Negro, como Pi o Requiem por un sueño, tiene sus bases en personajes lúgubres que buscan salir de cada uno de sus pozos negros, escapar de la resignación y poner rumbo a sus sueños.

Imprescindibles son los personajes que dan vida Vincent Cassel y Mila Kunis, y el cameo de Wynona Ryder que son los que, por un lado, consiguen sacar su lado más competitivo y salvaje y, por otro, los que la empujan al vacío y a dar ese mordisco en forma de beso envenenado.

Portman borda un papel nada fácil y, si es que el Oscar es el mejor de los reconocimientos, queda aquí más que evidente su merecimiento. Porque todos y cada uno de sus pasos, sus expresiones, son sentidos, porque puntea y parece que el sonido de sus zapatillas de ballet suenan al aleteo de ese cisne que lleva dentro.

Porque parece que de sus pequeñas escápulas fueran a nacer en cualquier momento unas alas, no de cisne, sino de ángel. Porque el tándem Portman y Aronofsky casi roza el cielo, porque anoche tuve un sueño muy raro: el de una chica que se transformaba en cisne…