1988: Mi vecino totoro

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Título original: Tonari no Totoro
Guión y dirección: Hayao Miyazaki
Montaje: Takeshi Seyama
Dirección artística: Kazuo Oga
Fotografía: Mark Henley
Productora: Studio Ghibli
Duración: 86 min.
Año: 1988
Distribuidora: Aurum

Pocas películas tienen el privilegio de ser ya clásicos en el momento de su estreno. Mi vecino Totoro, de  Hayao Miyazaki es, sin duda, una de ellas. ¿Qué razón si no empujaría a su estreno en nuestro país veintiún años después de su primera proyección en las salas niponas? Sin datos en las manos: pocos habrán sido los que hayan ido a su estreno en nuestras pantallas sin haberla visto ya alguna vez en Internet  o incluso en DVD… y, además, doblada ya al castellano, no  en japonés con subtítulos como se está proyectando ahora en el cine (como mandan los cánones de cinefilos y frikis). Primera duda resuelta: el estreno de Mi vecino Totoro en las salas españolas no ha sido un  verdadero estreno. Ha sido un  homenaje.

Para empezar, un homenaje al cine de animación japonés como ya pocos lo recordamos, quizás solo aquellos que, para nuestro desconsuelo, no fallamos ni un solo test de la publicidad de Minutemaid y nos resignamos a atiborrarnos de antioxidantes: anime sin violencia, sin superpoderes, sin supermúsculos ni  ultratecnología ultradestructiva, sin rayos Z y sin caca-pedo-culo-pis… aunque parezca increíble: ¡hasta sin una sola llave de artes marciales! Vamos, sin todo aquello sin lo que hoy en día, aunque parezca el abuelo de Heidi por decirlo, un dibujo para niños no es un dibujo para niños y que, por alguna extraña involución perceptiva, cada vez menos consideran una aberración.

Un homenaje, por lo tanto, al cine de valores en general y, en concreto, a un anime que busca la educación del ser humano integral sin caer en la ñoñería y sin calcular los beneficios hasta el último céntimo. Nada que ver con Disney, aunque algunos se empeñen en compararlo (¿sólo porque es animación?). Disney domestica la realidad y la fantasía para hacerla exuberante, glamorosa, deslumbrante, para que cada fotograma sea un buen pretexto para una explosión de movimiento, de color y, por supuesto, de mucho dinero. No hay duda: es difícil educar en valores cuando tu valor más querido es la pasta. Mi vecino Totoro es, en este sentido, una auténtica declaración de principios. Una de las citas más conocidas de su director, Miyazaqui, aclara muchas cosas: “acabaré esta película aunque lleve el estudio a la ruina”. Lo dijo refiriéndose a otra de sus obras maestras, La princesa Mononoke (1997), pero podría aplicarse a la gran mayoría de sus películas, y en especial a Mi vecino Tororo, de la que ni siquiera se pensó que tendría buena acogida entre el público, por lo que se estrenó en sesión doble, detrás de la Tumba de las Luciérnagas. Por lo tanto, la que más tarde fue solemnemente aclamada como la “mejor película de animación de toda la historia” (Time Out) surgió sin otro cálculo de beneficios que conmover algo en lo más hondo de la infancia de todos, de niños y adultos. Porque ese es el tema de la película, ni más ni menos: la pureza de corazón.

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Estaba escrito en las puertas del Infierno de Dante “Oh vosotros los que entráis ¡abandonad toda esperanza!”. En mi vecino Totoro, Miyazaki parece querer invertir la fórmula: “vosotros que entráis… recuperad la esperanza ¡volved a ser niños!”  Sólo desde la pureza de corazón se puede ver a Totoro, el espíritu del bosque que encarna, junto al resto de espléndidos personajes (sus parientes Chu-Totoro, el mediano, Chibi-Totoro, el pequeño, los duendes del polvo o el maravilloso Gatobús), la naturaleza no filtrada por la civilización. No será Miyazaki quien la domestique (otra buena diferencia con Disney): aquí los seres fantásticos no hablan nuestro idioma, no se parecen sospechosamente a personajes de carne y hueso, no usan acentos, no fuman en largos cigarrillos con sofisticadas boquillas ni usan pieles que no sean las propias: hablan su propio lenguaje, gruñen, gritan y ante todo, callan y observan con atención. Igual que en el Infierno de Dante y que en Alicia en el País de las Maravillas, hay una puerta a todo ese mundo, pero se trata solamente de una puerta simbólica, un largo pasadizo de arbustos retorcidos en la base de un enorme árbol centenario. Simbólica porque no se trata de un mundo paralelo, como en Alicia o como en la que sin duda fue el mayor éxito del director, El viaje de Chihiro (2001). En este caso, el mundo de Totoro está fusionado con el nuestro y la única puerta que separa un mundo de otro es la misma que separa el mundo del niño del mundo del adulto.

Sin concesiones: si no lo ves, has perdido tu infancia. Por eso ésta, más que ninguna otra de las películas de Miyazaki, es una declaración de principios (por eso la silueta de Totoro se convertirá a partir de entonces en el logo de los estudios Ghibli), por eso es tan diferente a la mayor parte de tantísimas películas de animación y, también por eso, sólo por eso, defrauda a aquellos que, al ir a verla, esperaban otro Viaje de Chihiro u otro Castillo ambulante. En Mi vecino Totoro no hay una trama compleja, ni grandes conflictos, ni padres que se convierten en cerdos, ni brujas poderosas y cabezonas que malcrían a gigantescos bebés. Ni siquiera apuestos magos con crisis de identidad y depresión por perder el tinte del pelo. Hay una familia que se adora, unas niñas pequeñas que lo que desean con todo su corazón es que su madre se recupere de una larga enfermedad y pueda volver con ellas a su nueva casa en medio del campo. Y Totoro, claro, junto con el resto de seres que habitan el mundo imaginario-real, compañeros sólo de quienes se atreven a compartirlo con ellos. Totoro como metáfora de lo que se nos escapa en nuestra vida cotidiana, de las pequeñas llaves de la felicidad. Metáfora del viento, un antiguo dios convertido hoy en fenómeno natural predecible, sólo un dato al final del parte metereológico, y al que el director da un papel protagonista en todas sus películas. Metáfora del milagro del silencio, del vacío y de la presencia no intrusiva que cuida de nosotros sin exigirnos nada a cambio, ni siquiera creer en ella. Metáfora de la belleza serena de las primeras gotas de lluvia cayendo sobre un charco y del rayo de luz que rompe el espeso muro de nubes que cubren el cielo. Metáfora, en definitiva, de los placeres que olvidamos al hacernos mayores (y que se nos impone olvidar porque ni se venden ni se compran), los placeres que surgen de lo más pequeño, los que nos ofrece el día a día: un abrazo, una sonrisa, el calor de los que nos quieren.

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El falso estreno de Mi vecino Tororo es, por último (y a fin de cuentas), un homenaje a su director, Hayao Miyazaki, que nos abrió la puerta a ese nuevo mundo, que es el nuestro, hace ya casi cuarenta años con series como Heidi, Marco o La abeja Maya y que continuó haciéndolo con obras maestras como ésta. Si el arte, como alguna vez se ha definido, es lo que nos borra la mirada sobre un mundo demasiado conocido sólo por haber sido observado siempre con los mismos ojos, las películas de este director lo son en estado puro. No por crear un mundo aparte, sino por permitirnos ver el nuestro de otra manera. Lo dijo el propio Miyazaki hace tiempo en una entrevista: “Los premios no tienen ningún significado. El sentimiento de los niños de que <hay una extraña forma de vida llamada araña de agua que respira aire desde el fondo> es más importante que cualquier premio”.

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Comentarios

3 comentarios
  1. Coi dice:

    Genial Chibi-Cocorico. Genial la peli, genial la crítica.

  2. Salvi Sánchez dice:

    A ver si en unos años lo hacen con ‘El viaje de Chihiro’ :)

  3. Maluz dice:

    han trascurrido 20 años desde la primera vez que me sente junto a mi hija y vimos mi vecino totoro,impresionante como a su corta edad se asombraba con estos dibujos,yo a su lado disfrutando con cada gesto,con cada emocion y dia tras dia hasta haber cumplido los 5 años.Sucedio que el año 1998 tuve un hijo,al año sigiente le presente a totoro ya entro a formar parte de nuestra familia ya no era nuestro vecino.Cuando ves a totoro a traves de los ojos de un niño te das cuenta que aun tu,sigues siendolo

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